martes, 21 de junio de 2016

Relato prestado...

Cuando R. (@Mala_Sombra65) habló el otro día del rayo verde en un tweet, no pude más que acordarme de este relato que escribió hace un tiempo y que creo que debe ser compartido.

Yo soy incapaz de leerlo sin que se me empañen las gafas de lágrimas, me encantaría saber qué os provoca a vosotr@s...

Muchas gracias R. por dedicarle a P. tus relatos... #DelTodo

EPÍLOGO
  
“Nos habéis hecho muy felices. Somos muy felices”

Un texto escueto que no pesaría apenas en un correo e-mail. Con un par de destinatarios. Un “clic” y el mensaje sale raudo en pos del ciberespacio.

Volvió la mirada al otro lado de la mesa, y la detuvo sobre las cartas que estaban esparcidas, unas dentro y otras fuera de sus sobres ¿Qué habría sido de su relación, si en aquel entonces de separación física, hubiesen contado con estos inventos? Los e-mail, mensajes instantáneos, SMS, vídeo conferencias y otras cosas por el estilo, que hacían parecer aun más vieja su colección de epístolas amorosas.

Recordó la inquietud en la diaria visita al pie del buzón, para averiguar si en el fondo esperaba una misiva. Ríos de tinta fluyeron en ambas direcciones. Y las conversaciones telefónicas, aquellas llenas de cortes en la línea, de cruces, de interferencias, con unas tarifas que castigaban su raquítica economía de entonces. A veces solo para charlar sobre trivialidades, para decirse que se echaban de menos o para atajar el deseo en entrecortados diálogos, plagados de susurros, de frases masculladas entre dientes, que se apretaban, con sonidos y onomatopeyas que sólo sus oídos y sus caricias, conocían el código para descifrarlos.

De que manera cambia todo, pero ambos están seguros, que por haber contado con estos avances, en el fondo los mensajes seguirían siendo los mismos.

El suyo no fue un amor a primera vista, ni simpatizaron con facilidad. Tampoco faltaron los obstáculos, ni quienes se opusieran a su historia. Pero como dice más o menos un dicho árabe. El amor y la tos, no pueden contenerse”.

La pantalla del ingenio informático, manifestó con un texto, que el mensaje, había sido enviado con éxito. Sonrió complacida.

Devolvió las cartas a la caja de donde las había sacado esta mañana, todas a excepción de un montoncito, que sujetó con una goma, que fue a unirse, a otro de fotografías que había seleccionado entre los cientos que coleccionaban. Fueron a parar a una anticuada caja de marquetería, que le encantaba a su hija mayor, que cerró con un pequeño candado, al que dejó la llave puesta.

Todas las demás imágenes y cartas aterrizaron en la chimenea del salón, de la coqueta y tradicional casa rural en la que se encontraban. Lo que les decidió a escoger esa, fue la galería mirador, de inmensas cristaleras, que orientada al Norte, ofrecía una vista sobre el mar. Uno parecía estar en el puente de un navío en plena singladura por el océano.

-        ¿Quieres que te ayude? Se oyó una voz desde la galería.

-        No tranquilo. Ya me arreglo sola.

Utilizó una abundante cantidad de líquido inflamable para chimeneas, estufas y barbacoas para empapar la pila de recuerdos impresos y por eso, le bastó una sola cerilla, para que todo quedase envuelto en llamas enseguida.

Mejor así, penso. Sin sus protagonistas para explicarlas todas aquellas letras y retratos, serían difíciles de entender o no tendrían ningún sentido para quien se las tropezase. Eran suficientes las que se salvaron de la quema, para sus niños, a quienes llegarían tarde o temprano.

Los niños, que ya eran los padres de sus nietos. Que distinto pasa el tiempo según para quien. De ese modo, para ellos se había congelado en lo que a sus herederos se refería. Niños los tuvieron y niños serían a sus ojos, hasta el final.

-        Ten cuidado no quemarte. Si ya ha prendido, pon la rejilla de seguridad, no vaya a saltar una chispa o caer fuera una brasa.

Ella sonrió. El mismo “controlador de siempre. Sin duda ese era el rasgo fundamental para entender su carácter. Más que autoritario, siempre había sido un hombre al que le gustaba ser quien manejase totalmente, fuese lo que fuese que hicieran. Adoraba contemplarlo, abstraído en la colocación de los utensilios de cocina que emplearía para cocinar alguna receta. Recordaba también, su gusto por dejar preparados con anterioridad al viaje, itinerarios, planes y planos. Pero sobre todo era muy escrupuloso en lo referente a todo cuanto iba a usar o anticipaba que fuese a ocurrir, en sus sesiones de juegos íntimos y privados. Esos ritos de liturgia pagana, para la celebración de su pasión y su amor. No es que no hubiese espacio para la improvisación o el arrebato, pero se complacían con el cortejo, los preparativos y la espera, que culminaban en encuentros a millones de años luz de lo cotidiano y la rutina. La dicha compartida aumenta su intensidad de forma exponencial.

Sacudió la cabeza, no podía permitirse ahora perderse en un torrente de remotos, otros no tanto, recuerdos hermosos. El tiempo se había llevado la mayor parte de lo malo, pero además con lo negativo, ellos habían aprendido a construir mucho bueno.

El Sol, que ya de por sí en esa estación seguía una trayectoria baja, descendió a casi a nivel del horizonte.
No quedaba mucho tiempo. Acercándose a la cómoda recogió dos objetos, uno en cada mano. Salió del salón al mirador y se colocó a su lado. Le veía el rostro de medio perfil.

-        ¿Te parece el momento ahora?
-        Espera, el cielo está tan despejado, que tal vez hoy podamos al fin, ver “el rayo verde” Y se le escapó una risita.

Sabía que reía por una vieja broma privada, sobre esa leyenda que se narraba en una novela de Julio Verne. Aquellos que contemplen juntos el último rayo de Sol, al desaparecer bajo la línea del horizonte marino, se enamoraran con un amor verdadero, si este destello es de color verde. Le encantaba esa historia y se la contó, primero a sus hijos y luego a sus nietos. Y añadía al terminarla: “Pero nosotros no necesitamos ningún rayo de colores, por eso se lo dejamos a los demás”.

La tarde refrescaba y sintió frío. Tomó del respaldo una manta, que puso sobre sus hombros, de la butaca que acompañaba la de él, lo que portaba en la mano izquierda fue a parar sobre la tapicería del asiento. Una preciosa antigüedad. Concretamente una navaja de barbero, de cachas nacaradas, de color negro, que hacían contrastar el pulido brillo acerado de la hoja y los remaches sobre el mango.

Desde el día que la compraron en aquella tienda, durante un viaje, ella quedó encargada de afeitarle el cráneo y la cara. Con qué aguante se sometió a los primeros rasurados en los que no faltaron los cortes. Quiso convencerle de que mejor no continuar con el aprendizaje, viendo el escarnio a que lo sometía. Pero, él encontraba en aquella peligrosa intimidad, una situación de gran erotismo. Finalmente adquirió la maestría precisa y agradeció mucho la confianza que le había demostrado.

El Sol se zambulló bajo las aguas.

-        Otro crepúsculo sin rayo verde ¿Mejor, que espere a quien lo necesite, verdad amor? En fin. Cuando quieras. Todo tuyo. Del todo.

De pronto el objeto de su mano derecha, pareció pesar una tonelada. Le costo levantarlo y lo acercó a su cabeza, a cámara lenta. A pocos centímetros por detrás de su oreja derecha  y apuntando ligeramente hacia arriba.
El disparo hizo menos ruido del que imaginó. Como el que produciría un libro grueso al ser cerrado de golpe, con ambas manos. La cabeza cayó ligeramente adelante y se ladeo a la izquierda. Un pequeño orificio y muy poca sangre, tal como le había prevenido y explicado, para tranquilizarla, pues esperaba algo más cruento y desagradable.

Se trataba de un pequeño revolver del calibre veintidós. Casi una pistola de juguete sentenciaba él. De cinco disparos. Había llegado a sus manos, por una casualidad hacia mucho atrás. Se la quedaron, sin tener un motivo concreto, ni mucho menos intención de darle uso, aunque al final, no fuese así. Estaba entre los enseres de un pariente fallecido que descubrieron cuando la familia les encargó supervisar las exequias.

Le explicó, con todo lujo de detalles, como era habitual, que un arma de ese calibre y potencia, no conseguiría un orificio de salida, por eso la bala rebotaría en el interior de la cabeza y produciría una muerte rápida e inevitable. Puede que todo esto se lo contase, para tranquilizarla o para hacerle más fácil ejecutar la “orden”, como era preceptivo en su ancestral reparto de poderes y roles. Ella quiso ser fiel a su condición y aceptó cumplir con lo exigido. Todo sucedió como “mister control” había pronosticado.

Quizás podría haberse negado a ser verdugo y decir que lo hiciese él mismo. Pero, también tenía claro que no hubiese sido capaz de realizar lo mismo con ella. Quien la había tratado con tanto rigor y dureza en numerosas ocasiones, pactadas, no habría podido causarle un daño cierto e irreparable. Jamas.

Acercó la butaca a la suya, depositó la pistola en el suelo a sus pies, junto a la taza de café que antes él apurase, mientras contemplaba el ocaso. Recuperó la navaja del asiento. Retiró la manta de sus hombros y la puso tapando las piernas de ambos. Lo miró de cerca de los ojos. Abiertos y solo algo más vidriosos que de costumbre. Sus labios se juntaron en un ligero beso.

Se acomodó en el respaldo mirando al mar.

La fría hoja quemaba en la piel, dejando pálidas líneas de las que brotaba una sangre carmesí. Sangre caliente que se llevó el calor del brazo, del pecho y la hizo marear y comenzar a tiritar. Estrechó la mano aun tibia de él.

A sus ojos, mar y cielo se fundieron sin horizonte que los separase, haciéndolos una sola cosa...

En la pantalla del ordenador, una leyenda avisa de un mensaje recibido:

“Nosotros también os queremos.

Muchas felicidades en vuestro cuarenta y cuatro aniversario juntos.

Vuestros hijos y nietos”
  

Para “P.” Del todo.